03 diciembre 2012

Abandonar el karma. Desidentificarse.

Cíclicamente caigo en pequeñas huidas.
De la escritura, de los amigos, de la música, de las largas caminatas.
En una de esas me fui de esta ciudad.
En otra de esas, volví, sin más.
Siempre he regresado.
Y siempre, también, cada uno de esas vueltas resultaba festiva, al grado de que esa escritura y esos amigos y esa vieja música y esas necias caminatas adquirían, si no un nuevo sabor, sí uno enriquecido, furiosamente enriquecido.

Hoy no sé, hoy estoy más confundido que nunca sobre el regreso, sobre si regresar, nuevamente regresar, tiene sentido.
No es deseable volver pero tampoco lo es no hacerlo.
Hoy el impulso está en otro lado.
La escritura, las relaciones, la melancolía, los libros.
La impronta defeña, la picazón metafísica, la vida novelada.
Todo ello, tan vital para mí supuestamente, ¿qué ha sido todos estos años?
¿No es verdad que siempre fueron pequeños refugios para guarecerse del pesado mundo, de los hondos traumas, del ansia de reconocimiento?
Reconocimiento, palabra clave.
Buscar la aceptación de los demás (síntoma posmoderno).
Identificarnos con carencias pasadas (fundacionales, seguro).
Proyectar afuera nuestro interior lleno de miedos y culpas.
Estar a la defensiva.
Hablar en segunda persona del plural por no atreverse a hablar de uno mismo.

Ojalá pudiera leer en el muro de Fb de alguien, en el TL de alguien, en el blog de alguien, en el rostro de alguien, en el libro de alguien, en la charla con alguien: "no están mal los demás, son inocentes | no estoy mal yo, soy inocente | quiero cambiar mis pensamientos, sobre todo aquellos enraizados en el miedo, en la culpa, en el autocompadecimiento | quiero identificarme con algo superior a estos pequeños yos que reducen a migajas lo que verdaderamente soy". 

Ojalá pudiera ser más claro para decir que no quiero saber quién es Alberto Espejel, que no me interesa enaltecer a Alberto Espejel, que no quiero poseer nada, que no quiero defender nada, que no quiero identificarme con esta contrastante puesta en escena, demente y llena de dementes, que es el mundo.

Ojalá pudiera, en cambio, ver a cualquier cualquier persona y saber, sin analizar, que ella es como yo, y que a ambos nos une la misma ilusión del cuerpo, el mismo filo de luz del espíritu, el mismo destino de Dios.

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