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21 octubre 2009

The picture is mine

No me importaba el océano. Ni el recuerdo. No me importaba ni siquiera tu nombre. O tal vez sí: me importaba tu nombre pero más me importaron tus nombres posibles, tus promesas y desencuentros, tu curiosa ternura. Me importaba esa sensación dulce de la distancia. Nuestra lejanía era infinita pero era nuestra. Nuestros códigos, nuestros pensamientos, nuestra soledad. Nuestra soledad fue la que un día comenzó a balbucear oraciones deseosas de encuentro. Fue ella la que nos invitaba copas de escritura.

Me importaba también ese breve instante en que dos pueden juntarse y pueden mirarse sin importar ni un poco todos los océanos de por medio.

Me importaba que me encontraras.

No me importaba que fueras otra.

Tus ojos no están nunca pero creo ya haberte conocido la mirada. Hay en ella un extraño equilibrio de nostalgia y cariño, de altivez y amistad. Un enigma (planteado siempre como ficción orgánica). Una ecuación (en la que la suma de todas las sospechas entrega un resultado microcósmico).

Tus ojos no están pero sí está el orden de tus palabras y ese posible sentido que se deja ver tras de ellas como el pequeño hilo de un suéter que al jalarlo todo regresa a su forma original de bola de estambre, figura que es en sí una promesa, con todas esas posibilidades de creación que se pueden realizar dependiendo de la sagacidad del tejedor. Así pasa contigo: te develas promesa y depende de mí novelarte de la mejor manera posible. A veces lo hago y no te lo digo. Otras lo dejo en claro sin importarme qué se pueda pensar allá del otro lado, esa tierra donde anochece cada que aquí cae la canícula.

A plomo.

Has de saber que aquí pega el sol de forma hostil a ciertas horas del día, no importando que media hora después caiga un chubasco.

Y no, esto no es Edimburgo o Lisboa, aquí el clima siempre había sido estable hasta hace algunos años, antes de conocerte, antes de que todo cambiara y de pronto al mismo tiempo comenzaran a convivir cuatro climas diferentes en una misma entidad política.

Es que todo cambia, me dijiste una vez a la salida de un café. Caminábamos y veíamos unas golondrinas volar de la plaza a un madroño y de nuevo al centro de la plaza y yo me acordé de un poema que escribí hace años en el que hablaba de palomas. Veíamos algunas parejas de ancianos abrazarse, también había niños correteando pompas de jabón. No sabíamos si era Coyoacán o Almenara pero tú y yo íbamos platicando sobre el tiempo y el movimiento. Veíamos pasar las nubes y aún no era el otoño. Te daba metáforas malísimas que llegaban a funcionar. Tú me hablabas con nombres sudamericanos que nunca conocí. Al llegar a la Avenida de la Paz dimos vuelta a la derecha para ir por unos helados.


21 septiembre 2009

Moderno

Toda vida moderna habrá devastado al individuo. Individuos de otros tiempos, patrás o pa’lante, iguales a mí, inconformes que a la menor provocación se caen o se pierden.

Las vidas pasadas me han enseñado que no hay nada de extraordinario en que la vida sea un absoluto colmado de ciclos en su interior. La encarnación es un acto de todos los días: basta con pensarse en otro espacio, otro tiempo, otro cuerpo, para haber tenido ya una experiencia astral. De bajo nivel e inútil, sí, pero astral hasta la médula.

Esta vida moderna me devasta.

Esta vida que ha hecho del contraste el más flagrante y radical de los placeres. Por ejemplo
-en medio del caos es cuando vale la pena meditar o escuchar una música lenta y armónica
-yo amo despertar con guitarrazos estrafalarios o bien con el jazz más free y rudo que encuentre
-un beso en la frente o la más suave de las caricias justo en la cúspide del encuentro amoroso puede ser una experiencia harto sensual
-el carrilero que hace las funciones de extremo puede irse por toda la banda quitándose rivales y controlando el balón, pero el gol será memorable solo si bombea suavemente el esférico ante la salida del arquero

En mi vida moderna importa la vertiginosa apariencia al punto de elevar al grado de éxtasis a la discreta individualidad, ese dulce paraje del pensamiento a solas, del silencio abstractor (ah, benditas palabras que no existen y que sin embargo exigen su derecho a la presencia de vez en cuando).

En mi vida moderna importan los nombres, las categorías, las descripciones.

Añoro cuando bastaba con admitir a la locura, ese estado creativo que no depende de las justificaciones, como un medio legítimo de expresión.

Léase la infancia.

Últimamente mis mejores charlas las tengo con mi hija que, dicen, aún no sabe hablar bien.

Mierda, ¿y por qué yo le entiendo a la perfección?

Sus juegos son deliciosos, cuando transforma en nueces sus colores y se los come imaginariamente o cuando inventa palabras como cisocé, kamipopia o kalá para nombrar objetos aún sabiendo a la perfección sus nombres, o aquellas veces en que escala montañas tapizadas o vuela por los altos y prolongados cielos que abundan entre la cama y el techo.



Esta vida moderna impone normas y le otorga juicios terribles a quien no las cumple a cabalidad, ya lo sabemos.

Y lo detestamos.

Esta vida con sus énfasis en curar en base a desplazar el dolor hacia otro lado sin querer profundizar en su significado, en lo que simboliza, en lo que el cuerpo comunica tan sabia y milenariamente.

Esta vida con sus lastres brutales en las finanzas, la política, la religión, la cultura de los países (acaso siempre el mismo aciago país global), las cuales imponen estilos de vida tarde o temprano insatisfactorios.

Esta vida con ese inquietante poder de enseñanza en torno a vivirlo todo salvo el presente, razón por la cual es fácil que aparezca luego el deseo, el consumo, la egolatría, el miedo.

Esta vida, falible y absurda.

Moderna como cualquier otra época pasada.

(una queja más al respecto, como siempre con nosotros, los inconformes)

Y yo que venía aquí a hablar de otra cosa, mierda.

10 agosto 2009

The Beauty and The Peace

thoughts arrive like butterflies…

http://www.youtube.com/watch?v=pnFeCex032g&feature=related

Vuelvo a la novela que leí a los 17 años, aquella que se volvió referencia común entre gente culta, engreída o no, falsa o no. Su inscripción en las referencias comunes sigo sin entenderlo, como si fuera ésta una novela de lectura corriente, de diálogo ligero. Más bien es cavernosa. Más bien es intempestiva. Confrontativa. Pero aún con todo ello sigue siendo un éxito editorial.

Hace unos años abandoné la literatura. La facultad de Letras, sí, pero también el consumo de literatura. También abandoné otros lenguajes, otro tipo de actos como la carretera o el jazz a oscuras, el intercambio de libros o la elaboración de textos incomprensibles, las noches de alcohol, la fotografía contrastada, el montaje en mi escritura, como si con todas esas renuncias buscara cifrar una conquista, algo así como si un músico de blues, harto de tanta melancolía, comenzara de pronto a dedicarse a la jardinería.

No es la primera vez que la renuncia sirve de purga.

Algo había entre tanta nostalgia y tanto vacío que.

Algo abrasivo, algo brumoso, algo.

No era luz lo de aquellas lumbreras, era.

Ni encuentros en esas proximidades, no.

La belleza es una compañera, se ha dicha ya muchas veces.

Y no tiene por qué doler, joder, es la belleza.

Pero cómo comprenderla, ¿quién nos auxilia en esa empresa inquietante de la belleza? Es más fácil lidiar con drogas, es más fácil lidiar con abusadores.

Concentrarse al cielo. Centrarse a la primer mirada. Conquistarse en la catástrofe del ruido mental.

Enamorarse de ficciones.

Perder la edad con suma facilidad.

Saber cómo hablar de nada.

Hay cierta belleza que nos lleva al abismo, que no por oscuro y subte habría que impedirnos la fiesta. Otra belleza lleva al deseo. Otra al romance entre extraños. Otra a cambiar de raíz.

Hay cierta belleza también que vuelve noble a la experiencia de la existencia.

Pero ninguna de estas bellezas tiene formas o métodos claros, más bien es el individuo quien las ejecuta de un modo u otro. Ahí es donde la inexperiencia nos jode. Ahí es donde el aprendizaje cobra dimensión.

Yo estaba harto del vacío sin sustancia. No de la nada caótica, ese vacío substanciado que a más de un matemático fascina. Yo más bien vivía el vacío discreto, el vacío inoperante, algo así como tener al universo y no saber cómo desplazarse en él (la NASA, si es que existe para los propósitos que nos han dicho, llevará atorada en este error de perspectiva toda la vida, ¿no es más fácil, en lugar de querer desplazar toneladas de tecnología y procesos químicos/astrofísicos por caminos no aptos para ello, adecuar el objeto a desplazar a las propiedades del camino? una tecnología del pensamiento, joder ¿cuándo comenzará a desarrollarse?)

Y casualmente en aquel éxodo tormentoso, a esta novela-éxito-editorial estoy seguro no me entregué como me entrego hoy, a pesar de contar en aquel tiempo con el “peso” necesario, o mejor dicho, pesadez necesaria (aunque, como el mismo libro plantea, una percepción liviana, “ligera”, de la existencia –su contrario– tampoco garantizaría una lectura así de entregada).

Hoy más bien creo que hay un juego en todo esto que soy. De pronto puede estar a todo volumen ese clímax de distorsiones armonizadas que llega como al minuto 7 de Starla (side-B legendario de los Smashing) pero si mi hija llega a preguntarme algo, pongo pausa y la atiendo, ya luego vuelvo a la ataraxia de James Iha y compañía (la pausa es entonces total y en todas direcciones).

Algo así sucede con La Insoportable Levedad del Ser. El gusto de su lectura se da en distintos juegos de contrarios: hay un involucramiento total en emociones y cariños hacia los personajes y al mismo tiempo una distancia absoluta entre ellos y mi propia historia; hay una sensación de tormento con respecto a mi memoria y mis fantasías y a la vez hay en ellas una sensación feliz y satisfactoria por poder percibirlas así; hay en mis pensamientos un ir y venir de luz y oscuridad; en mis deseos un ir y venir de objeto y espíritu; en mi amor un ir y venir de otredad e individualismo.

Eso debe ser la inestabilidad. Pero, diantres, es la inestabilidad más estable que he experimentado.

La más feliz.

(Hace tiempo que vengo pensando que hay tanto qué escribir en torno a la alegría

(Y la unidad, la inolvidable unidad)

(unidad anidad sanidad vanidad)))

Hoy finalmente no duele la belleza. O lo hace, sí, pero solo si de eso se trata el juego. Hoy finalmente se vuelve más fácil reírle a la desgracia (y la gracia de desreirse a voluntad), saber que un cambio de perspectiva lo cura todo.

Y que Milan Kundera es divertido.

17 julio 2009

Escribir sea volver

Me comunico mejor escribiendo. Podría quedar perplejo o parapléjico y se me iría poco de la vida ya que yo me comunico mejor escribiendo. Perdería mucho, pero no perdería expresión, no perdería lenguaje, no perdería vitalidad.

Con tener motricidad en cualquiera de las manos, la libraría.

Y motricidad en los labios, claro, para poder sonreír.

Escribirte, amor. Escribirle. Escribirnos. Escribirse.

El vocablo cripta ha de venir de escribir.

Scrabble, también.

Vivo. Escrivo.

Describir. Descritura.

Inscribir. Hescribir.

Mi hija comienza a reconocer las letras y a jugar con ellas. Hay vitalidad en su aventura. Su semblante es el de una mujer entregada al conocimiento, entregada a la sabiduría. Sintiendo placer por el conocimiento, la sabiduría. Mi hija tiene 4 años y yo creo que está más emocionada con las letras y las palabras que con los números, los cuales viene empleando desde hace dos años.

Me urge que aprenda a leer. Aún no sabe bien lo que siento por ella.

Me comunico mejor escribiendo, como los gatos se comunican mejor en las sombras de la noche.

De niño no me animaba a escribirle cartas a mis amigos hombres, de ahí que no sepa hacer amistad con el género masculino.

De niño los cuadernos tenían diferentes personalidades, dependiendo de cómo escribiera en ellos. Nunca entendí porque a final de año se diferenciaban tanto unos de otros, algunos tenían buena letra, estructura y adornos, otros solo eran palabras amontonadas, tachones y letra descuidada, estos últimos eran los chicos malos.

Me pasa que necesito la escritura, tal vez del mismo modo que los elementos de la naturaleza necesitan de sus espíritus: una relación perfecta e inquebrantable, continua y divina.

No existe si no lo escribo, le dije a una amiga hace poco, ya ni recuerdo de qué estábamos hablando.

No existe para mí, se entiende.

Ese estallido final de la claridad, maldita sea:



..................................Escribir es volver, volver
..................................A la escritura donde
..................................Quien vuelve muere
..................................Y pasa inadvertido
..................................Al mirar de otro
..................................Que no mira, escribir
..................................Es una espera que dibuja
..................................Y borra por la noche la labor,
..................................Deshaciendo la noche la labor
..................................De bordar con letras pintadas
..................................La noche, la escritura
..................................Enhebra estrellas en el paño
..................................Oscuro de un vestido que pasea
..................................Encima de un puente o en la mirada
..................................Que sigue la ida y vuelta de una cara
..................................Indiferente,
..................................Así somos el que regresa
..................................Y el que espera esa vuelta,
..................................El ser saqueado que a la orilla vuelve
..................................Y la orilla ignota y saqueante,
..................................Lo uno y lo otro,
..................................Separados por el clavo de la conjunción,
..................................Esto y aquello, el rostro que se apaga
..................................Y lo que al fin nos dice y nos desliza
..................................En el olvido,
..................................Quebrando las costillas de la barca,
..................................Las costillas del cielo y de la mente,
..................................Definitivamente la ilusión
..................................En el estallido final de la claridad.

............................................JOSÉ CARLOS CATAÑO

18 junio 2009

Apuntes desordenados

texto derivado de aquí, no necesariamente una respuesta, sólo una derivación, un desprendimiento, un camino que se entrecruza y forma un paisaje esquinado




***


También yo me quedo intrigado ante el exilio. Ese no-pertenecer que constantemente se me hace presente con consecuencias antónimas: llevarme a la ausencia para comenzar luego a habitar geografías que nada tienen que ver con lo "geo" sino más bien con lo "grafías", es decir, el exilio del tiempo-espacio, la ausencia del plano x/y, el abandono de la realidad, el ingreso a otro orden, el acceso a una especie de contraflujo, de pensamiento claro y abstracto, de comprensión.


A todos nos pasa, me parece.

***


Cuando tenía 9 años me quedaba despierto hasta tarde pensando en qué jodidos era el universo. Entonces al día siguiente llegaba a la primaria con compañeros de nombres perdidos como José Luis o Violeta y jugábamos a que debatíamos como lo hacía Nino Canún en esos programas de debates que duraban hasta la madrugada en el Canal 2. Ahí era cuando yo podía sugerir que los extraterrestres sí existían pero que nosotros no podíamos verlos, ¿qué nos garantizaba que no habíamos estado ya junto a alguno?, o bien explicaba, con ese certero lenguaje propio de la edad, que el universo era el vacío, o sea que no podíamos manipularlo o entenderlo del todo porque no es algo sino la nada, entonces todas las distintas razas habitantes del universo estábamos hermanadas pues estábamos ante el total vacío, solo que a nosotros, la raza humana, nos faltaba comprender las propiedades del vacío si es que queríamos ir más allá y seguir comprendiendo a la realidad.

Claro que luego de expresar estas ideas el juego se acababa y entonces comenzábamos a jugar otros juegos como carreterita o adivinanzas o bien a preparar el relleno de los frutsis (todo tipo de papeles) para que fuera nuestro símil de balón de soccer para jugar a la salida, sin embargo yo sentía una gran satisfacción al poder compartir esas reflexiones nocturnas con ellos, los compañeros de juego (siempre necesito alguno), los compañeros de generación, los amigos destinados al olvido.


***


Eso de ser outsider me dio personalidad varios años.

Pero me alejó de la buena comunicación, esa que busca interlocutores en lugar de fanáticos, otredad en lugar de especialización.


***


También yo me quedo intrigado cuando de golpe la vida sabe a aleph borgiano, a sueño complejo, a representación en escena.

Ahí es cuando la sangre y el agua se vuelven la misma metáfora: la vida corre incesante de un recuerdo a otro.

Ahí es cuando la vida cobra sentido, incesantemente cobra sentido: la vida se proyecta amplia y llena de luz en los deseos a futuro, en el entorno presente, en la memoria que actúa a capricho.

Se proyecta la vida.

¿Alguna vez has soñado con alguien que por la razón que sea ya no está?
¿Alguna vez amaste a un desconocido por el solo hecho de verle pasar frente a ti?
¿Alguna vez has besado y sentido al mismo tiempo cómo un mismo cuerpo+ser se va integrando, conformando, generando?
¿Alguna vez has echado de menos a alguien que está lejos?
¿Alguna vez le has sonreido a alguien a la menor provocación?
¿Alguna vez te has detenido a sentir cómo pasa la gente frente a tus ojos y sentirte dichoso y completo por ello?
¿Alguna vez has sentido alianza, re-unión, complicidad en un cruce de miradas?
Da lo mismo si es con un niño, una muchacha, un viejo o un perro, la re-unión siempre lleva a lo mismo no importando el medio en que se manifieste.




***


Escuchas a lo lejos una cumbia colombiana.
Imaginas si alguien la está bailando.
Imaginas cuántos la han bailado ya.
Ves por la ventana esperando que el viento haga bailar a los árboles con las nubes.
Piensas por qué jodidos hay siempre árboles y nubes ("¿eso significará algo importante?").

La vida marca su pulso.

No creo que el universo sea inexplicable.
Más bien creo que es cualquier cosa.
Nimia, mínima, no-thing.
Un acto menor comparándolo con el misterio de lo más inmediato:
la vida cotidiana,
todas las vidas,
es decir,
el contínuo mecanismo de la vida,
el contínuo fenómeno que es la vida:
"una vida es todas las vidas", escribió algún poeta español del siglo diecinueve,
realmente no hay separación,
la vida se ejerce magnánima desde la célula hasta la galaxia,
se ejerce eterna,
en un espectro inquietantemente unitario.

Oh, amo tanto a los adverbios.


***


Hoy tengo 27 años: 3 veces 9.
Hoy tengo 27 años: 2+7=9.
Siempre pensé que a los 27 nacería mi primer hijo.

0. La vida se proyecta en el humo del incienso que me acompaña mientras escribo:
1. El fuego lo hace nacer (la combustión (la chispa (el encuentro mujer-hombre))).
2. Ahí recorre un camino ascendente.
3. Se integra con el cielo (el aire (la atmósfera)).
4. Queda la ceniza, los residuos del camino andado.
5. Sigue presente, a veces dejando olor a copal, otras a jazmín, otras a lavanda.

Mi hija de 4 años juega con fuego. Me pide que le prenda fósforos para soplarles cual velas de cumpleaños (hace no mucho lo hizo sobre un pastel de trufa y amareto). La cocina está a oscuras. Es media noche. Luna menguante. Y el cielo, Dios, el cielo resplandece como lo hace la sangre y el agua cuando propagan la vida.

Hoy tengo 27 años y me siento más exiliado que nunca. La diferencia es que me importan uun carajo los países, las culturas, los títulos, los sexos. Me siento en exilio, en un éxodo que me conduce a la concordia, me integra a la sospecha de la unicidad, al encuentro con la llama original, a la incesante fluctuación de la vida que no acaba aún cuando el cuerpo de Alberto Espejel caiga ceniza un día de estos luego de tanto andar andando.

Morirá a los 72.

Ojalá sea en una de sus acostumbradas largas caminatas por la ciudad.


***


02 junio 2009

NO TITLE

Me da a veces por salir a caminar sin rumbo. Lo óptimo es que haya llovido para que el pasto de los parques y jardines se insinúe a través de ese aroma que a muchos nos evoca tiempos mejores, no necesariamente tiempos pasados, solo otros tiempos, tiempos de juego y nostalgia, tiempos de humo de cigarrillo y cielo con nubes, tiempos donde lo importante es dejarse llevar por lo inmediato: esa leve sensación de frío, ese cálido abrazo urbano de la ciudad húmeda en la que no llueve más.

Aunque a veces pase que en lugar de la lluvia lo que hay es sol estival o noche de invierno, escenarios que igualmente tienen su encanto, su propio sabor.

Al sol lo que hay son los colores. Mi ciudad de México renace de entre las cenizas y resulta que vuelve a ser lo que siempre ha sido: belleza fácil y contraste asombroso.

A la noche lo que hay son los enigmas. Se plantean los misterios que le dan materia prima al caminante que, tras la ventana con luz de alguna casa o bien bajo esas luces que a lo lejos parecían ser de un sanatorio (y que terminaron siendo de un bar), comienza a intentar resolverlos. Fuma. Se vuelve sombra. Encuentra alianza en las miradas ajenas. Pide que no amanezca. Hasta que en algún momento sale de la calle para entrar en su hogar.

Pero para mí lo óptimo es la llovizna.

Solo que aquí no es Edimburgo.

¿En Madrid sería más fácil tenerla?

¿En Santiago?

¿En Montreal?

Me da a veces por escribir relatos ubicados en Montreal. No conozco Montreal. A las personas que conozco que han estado en Montreal luego les he escrito pidiéndoles que me dejen preguntarles qué vivieron ahí pero nunca me responden. Supongo que alguna vez lo harán. Aunque ya han pasado más de 10 meses de la última vez que les solicité información.

Lo de Montreal es una sospecha y un juego.

En Montreal vive Edith. Orlando llega un tanto por azar, un tanto por estudio, otro tanto por aburrimiento. Se conocen y comienzan a tender puentes y entonces se me desbordan la rue Sainte-Catherine, el Pointe-aux-Prairies, el jazz, el río San Lorenzo, el Brutopia, el archipiélago de Hochelaga, la Île des Sœurs, la Île Bizard, la Île Sainte-Hélène, el museo interactivo de la Biósfera, se me desbordan todos esos lugares ficticios y no, invisibles y no, desconocidos y no, que sé míos porque Edith y Orlando los saben suyos, que sé propios tanto como las fotografías de google images me lo permiten.

No sé si quisiera viajar a Montreal.

Prefiero Paraíso (en Tabasco). Prefiero La Paz (Baja California). Prefiero cualquier ciudad latinoamericana. Alguna no muy famosa de Honduras. Y luego las ecuatorianas. Terminar en Bolivia. En los puertos de Chile. Y que luego mis hermanos que hoy en día radican en París me invitaran solo con el firme propósito de claudicar en Lisboa.

Llueve. En Montreal llueve y Edith pone Amoureuse, pieza de Claude Bolling que me recuerda a ella (es decir, me hace evocarla, me hace formarla). Pero ella se pone a recordar a Orlando, la tarde que lo conoció en el Promenade Bellerive. Ella se prepara un sándwich. Ella se pone perfume. Ha quedado de ir al cine con una amiga a las 8. Saliendo de la película habrá dejado de llover y la calle permanecerá húmeda. Los jardines despedirán aroma a pasto mojado. Se entremezclarán recuerdos confusos.

21 abril 2009

MANTRA

So turn it up and burn it
There's a hole in your head
There's a hole in your head
Where the birds can't sing along

BIG BANG BABY, Stone Temple Pilots


Aquí debajo hay un poema. Ojalá sea leído por muchos. Deseo legítimo que por primera vez tiene poco que ver con la vanidad. Con la imagen del poeta que escribe. Con el oscuro deseo de reconocimiento. Esta vez no. Esta vez tiene que ver con otros ánimos. Otros espíritus. Otros vaivenes electromagnéticos relacionados con la certeza de quien se ha encontrado. De quien ha encontrado finalmente. BASTA DE BÚSQUEDAS. Mejor comenzar la vida de una buena vez. ¿Se entiende este sentirme vivo por primera vez en 27 años como consecuencia de haber encontrado en lugar de esa trampa tortuosa de quien busca y busca sin la intención de llegar a algo en concreto? (encontré un Bello Barrio donde no discriminan a los allanados / porque todos nos hemos hallado, dice el bello músico-poeta Mauricio Redolés (chileno (viva Chile, carajo)) en su bellísimo y tristísimo poema Bello Barrio).

Nunca antes me pasó. Que me conociera. Que me sintiera nacido. El resto de los otros años había una vida que vivía pero de manera latente. Había sospecha de que la vida no podía reducirse a aquello que, vamos, todos detestamos: El condicionamiento. El orden sociocultural impuesto desde otras esferas. La injusticia a todos niveles. El desequilibrio histórico. La necesidad de lucha. De enfundar la espada en aras de causas existencialistas. El fusil en aras de liberación. La hoja en blanco en aras de sentido. La empresa en aras de nuevas y modernas dictaduras. Cada quien tiene sus motivos de defensa. Es decir, cada quien se siente atacado por diferentes (tan diferentes como las vastas cualidades del universo) razones.

“Sin embargo todos somos inocentes”, dice por ahí en algún poema que aún nadie ha escrito. Pero ciertamente el panorama que resulta de toda esta matrix es desolador. Mejor abandonarse. Mejor dejarse programar. Mejor dedicarse a generar riqueza para poder consumir (consumir bienes o consumir ideas, da igual) y posponer el face-to-face con lo real. Con lo demente.

Aunque no siempre es así. En algún momento te llega la opción de elegir otra cosa. Otro método. Otra perspectiva. Algunos le llaman corrección de la mente. Otros Espíritu Santo. Otros Anacentrismo. Otros Contranálisis. Otros Física Cuántica. Otros tomar conciencia. Otros simplemente le llaman amor (¿dónde habita el amor? yo creo que habita en el conocimiento, yo creo que habita en la unidad, en la identidad, en el pecado original también conocido como Big-Bang). Es mi tiempo personal de encuentro. Discúlpenme cuando no me sepa expresar en mejores términos. A veces no es fácil hablar de estos temas. Sobre todo porque evito a toda costa que se confunda con lenguaje new-age, con lenguaje intelectual, con lenguaje religioso, con lenguaje científico. No tiene que ver con todo ello. Aunque ciertamente cualquiera de esas áreas sirve como puerta de entrada.

Ah, Cortázar. Sé que en general no es bien visto referir a Cortázar si no es términos narrativos o filosóficos o de discurso literario pero, viéndolo bien, como escritor llega a ser aburridón, pero como ser humano que todo el tiempo está aludiendo al encuentro, joder, es un mago, un poderoso hombre que a muchos nos ha enganchado porque nos ayuda a darle validez a nuestra sospecha metafísica, a nuestra inconformidad con ciertas estructuras, moldes aberrantes con los que crecemos desde chicos. Ah, Cortázar. Ah, bella Maga, qué bien se siente haberte encontrado. No seré un engreído. Prefiero disfrutarte con la ligereza de quien se deja fluir por el amor.

Aquí debajo hay un poema. Ojalá sea leído por muchos. Deseo legítimo que por primera vez tiene poco que ver con la vanidad. Con la imagen del poeta que escribe. Con el oscuro deseo de reconocimiento. Esta vez no. Esta vez tiene que ver con otros ánimos. Otros espíritus. Otros vaivenes electromagnéticos relacionados con la certeza de quien se ha encontrado.